El procés como utopía
Se está oyendo mucho en estos días, casi se ha convertido en un lugar común, decir que la culpa de lo que está sucediendo en estos días en Cataluña la tiene la Generalitat y los partidos independentistas por su incumplimiento de la ley pero también Rajoy (es la famosa teoría del “choque de trenes”) por no haber querido, ni sabido, escuchar y dar una solución política al legítimo sentimiento catalán favorable masivamente al derecho a decidir. Según este punto de vista los sentimientos son libres, no delinquen y se han de respetar; Rajoy sería culpable de, con su inmovilismo y cerrazón, no haber sido capaz de dar una salida política a la realización de esos sentimientos expresados en las multitudinarias manifestaciones que se suceden año tras año en día de la Diada y en los partidos de fútbol del Barça etc...
Comencemos por el principio: los sentimientos son libres pero son manipulables y el sentimiento nacional es especialmente fácil de manipular y, en segundo lugar los sentimientos son respetables pero son juzgables; no todos los sentimientos son igualmente nobles y deseables.
Por supuesto que quien manipula sentimientos parte de un sentimiento base más o menos consciente y extendido al que dar forma y conciencia. Existe en Cataluña desde, al menos, la revolución Industrial la idea de que “nosotros somos trabajadores y los españoles vagos”; esta idea ha permeado de tal manera que ha llegado a ser comunmente aceptada en el conjunto de España y de ahí muchos de los chistes que tienen como protagonistas a los catalanes. Este concepto ha sido parcialmente corregido pero no anulado con las migraciones de los años del desarrollo; los españoles han dejado de ser vagos pero “nosotros somos los emprendedores; así se explica que en Cataluña se los haya visto trabajar mucho pero que en Andalucía tengan que vivir de las subvenciones: del paro y del PER”.
Se cumple, por tanto, la primera premisa de todo nacionalismo que se precie: “somos un pueblo superior”. Esto no significa que la convivencia en Cataluña tenga que haber sido mala ni que el racismo haya tenido que ser ni muy discriminatorio u opresivo, “nuestra tolerancia, nuestra manera de acoger a los foráneos no hace sino acrisolar nuestra superioridad” y, de este modo se ha ido conformando la autoconciencia nacional catalana que ahora sale a la luz cuando, pese a estar incumpliendo las leyes, salen a la calle gritando “somos gente de paz”. Pero esta paz, es lo que los teóricos de la paz (Johan Galtung o Adam Curle) llaman “paz negativa”, no es ni ha querido ser nunca una paz integradora y positiva.
La lógica impone la siguiente pregunta: “Si somos mejores ¿por qué nos encontramos en la situación en la que nos encontramos?”. Para que un sentimiento nacional más o menos difuso se convierta en una fuerza política no hay nada más fácil que alimentar el victimismo y esto es lo que ha hecho a conciencia y sin pudor la Generalitat en los últimos años: desde las campañas de protesta por los peajes en las autopistas al lema “España nos roba” pasando por el infame simposio “España contra Cataluña” y las oficinas en las plazas de las principales ciudades con los carteles de los gobernantes españoles con la lista de sus “ofensas” a Cataluña (como si la élite política catalana nunca hubiera participado en -y con frecuencia, determinado- la política nacional española) y culminando con la muy sobreactuada reacción a la sentencia del Tribunal Constitucional.
¿Por qué un partido que siempre había sido autonomista, que participó decisivamente en la elaboración de la Constitución y cuyos líderes consideraban el debate sobre la independencia “cosas del pasado” (Mas dixit) se ve de repente en la urgencia de lograr la independencia? Podemos especular, pero vamos a los hechos: dicen los portavoces del independentismo que han tenido que llegar a la desobediencia porque el inmovilismo de Rajoy no les dejaba otra salida. Es evidente que, desde el principio ellos siempre supieron que proponían la negociación sobre algo que no se podía negociar ¿Por qué no propusieron un frente común de todos los que creemos que la Constitución debe ser reformada? ¿Por qué no trataron de sacar en el Parlamento una mayoría dispuesta a realizar una revisión del modelo territorial y, después, se hubieran podido debatir todas las propuestas? Tratar de dar una respuesta de nuevo nos metería en el terreno de la especulación, pero es un hecho que hemos llegado al punto al que hemos llegado porque la Generalitat lo podía prever y lo ha buscado ¿para poder seguir alimentando su victimismo?.
¿Y qué pasaría si lograsen la secesión (y no descarto que la vayan a lograr, ya han ganado el discurso) y se libraran de la “opresión española”? Aquí se abre el terreno de la imaginación y en eso caben utopías muy diversas. Cuesta entender cómo están en el mismo movimiento, junto a un partido político reputadamente corrupto, personas como esas abuelitas con las caras ensangrentadas que desgraciadamente hemos tenido que ver hoy, con los jóvenes antisistema de la CUP y las masas de estudiantes que han estado toda la semana agitados. Aparte de los deseos y los motivos ocultos de la élite política tradicional, veo que confluyen dos horizontes de futuro y ninguno de los dos es muy democrático.
Por una parte tenemos a ese catalanismo tradicional, de misa de todos los domingos, de asociaciones de Padres y Madres de alumnos, (qué daño han hecho la iglesia y la escuela a la causa de la igualdad de todos en Cataluña... pero esta es una historia muy vieja), de asociaciones culturales y de juegos florales que sueña con una Cataluña en la que sus hijos/nietos no tengan que escuchar oír hablar en castellano en el patio del colegio; se trata de un nacionalismo etnicista que se siente europeo, que tolera a los inmigrantes pero que sueña con una nación nada incluyente y poco integradora, que siempre ha sabido quiénes son los charnegos y quiénes “somos nosotros”.
La otra utopía no peca de nostalgia, es decididamente moderna y progresista, sueña con destruir el estado, con crear una república participativa, igualitaria, feminista y ecologista. El problema con este tipo de repúblicas participativas que desprecian a la mayoría es que fácilmente derivan en sistemas autoritarios; allí donde unos pocos saben bien lo que nos conviene a todos y resuelven liberarnos de la dictadura de la Unión Europea, de la unión con España, liberarnos de la dictadura de las multinacionales, de los hipermercados, rápidamente prohíben periódicos y encierran a quien opina que no se estaba tan mal bebiendo coca-cola y comiendo barato en tal o cual cadena de restaurantes franquiciados.
En todo caso, ambas utopías son incompatibles y, o mucho me equivoco, la clase política catalana que alienta ese etnicismo que les da la base de su ficción de legitimidad (“un pueblo tiene derecho a elegir su futuro”), y que disfruta del empuje que CUP les está proporcionando, no permitirá que se implante ninguna de las dos. No creo que los políticos catalanes, ahora mismo, estén pensando en quedarse fuera de Europa; una cosa es soñar con convertirse en Jefe de Estado, que Trump te reciba al pie de la escalerilla del avión y que tu estatua sustituya a la de Colón y otra cosa es volver a la peseta.
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