lunes, 9 de octubre de 2017

1990, Jordi Pujol crea la ruta del nacionalismo

Josep Antich Valero, el hoy director de La Vanguardia, denunciaba hace 23 años en ‘El País’ al proyecto soberanista que defiende hoy en ‘La Vanguardia’.En un artículo publicado en ‘El País’ el 28 de octubre de 1990, el hoy director del rotativo fundado por el españolísimo conde de Godó alertaba de que el Gobierno catalán tenía como estrategia la infiltración nacionalista en todos los ámbitos sociales y situaba a medios informativos, entidades financieras y la comunidad educativa como los objetivos de Convergència.El artículo constituye un calco de la ‘hoja de ruta’ recorrida por los nacionalistas desde entonces y la explicación del por qué hemos llegado a la situación actual, gracias sobre todo a la colaboración de la casta política española y de la propia Jefatura del Estado. Esto es de lo que nos advertía el ayer periodista Josep Antich hace 23 años:El Gobierno catalán debate desde hace un mes un documento que pretende ser el borrador del programa ideológico de Convergència Democràtica (CDC) para la próxima década, y que sirva de base para las elecciones autonómicas de 1992. La obsesión por inculcar el sentimiento nacionalista en la sociedad catalana, propiciando un férreo control en casi todos sus ámbitos -el documento propugna la infiltración de elementos nacionalistas en puestos clave de los medios de comunicación y de los sistemas financiero y educativo-, y las referencias a un ámbito geográfico -los Países Catalanes- que sobrepasa los límites del Principado, son algunos ejes del que viene a ser el Programa 2000 de los nacionalistas catalanes.El documento, de 20 folios de extensión, equipara Cataluña a los Países Catalanes -entendiendo estos como el área de influencia de las comunidades catalana, valenciana y parte de sureste francés-, y sostiene que Cataluña es una “nación europea emergente”, una “nación discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico”.Desde esta perspectiva, los redactores del documento resaltan que la búsqueda de la soberanía hace imprescindible la “sensibilización ciudadana hacia el reforzamiento del alma social”, objetivo que persiguen las directrices dadas en el texto, entre las que se incluye la reforma del Estatut.El documento propugna la configuración de una sociedad catalana de claro corte conservador, en la que tengan vigencia “Ios valores cristianos” y en la que se fomenten las “fiestas populares, tradiciones, costumbres y trasfondo mítico”. Una sociedad a la que se debe sensibilizar sobre la “necesidad de tener más hijos para garantizar su personalidad colectiva”.ObjetivosPara cumplir sus objetivos, los ponentes no ocultan la necesidad de controlar a los educadores para que cumplan lo estipulado en la doctrina nacionalista. Se aboga, así, por “vigilar la composición de los tribunales de oposición” para todo el profesorado.Asimismo, se alienta a “reorganizar el cuerpo de inspectores de forma que vigilen la correcta cumplimentación de la normativa sobre la catalanización de la enseñanza”. También se considera necesario “incidir en las asociaciones de padres”.La voluntad de dirigismo queda de nuevo patente en el apartado relativo a los medios de comunicación: hay que “introducir gente nacionalista (…) en todos los puestos claves de los medios de comunicación”. También se postula “incidir en la formación inicial y permanente de los periodistas y de los técnicos de comunicación para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana”.El documento promueve la creación de organizaciones patronales, económicas y sindicales catalanas, y la conveniencia de diseñar “una estrategia para optar a los cargos directivos de las instituciones” financieras.De igual forma, se propugna “incidir sobre la administración de justicia y orden público con criterios nacionales”, y revisar los mecanismos de acceso y promoción del funcionariado.El Consell Executiu de la Generalitat ha abordado en las últimas semanas diferentes aspectos del documento y su presidente, Jordi Pujol, ha mantenido reuniones individuales con miembros de su Gobierno y con diferentes dirigentes de la coalición nacionalista. Pujol distribuyó un preborrador del documento a los miembros del Gobierno catalán al inicio de las vacaciones de verano de 1989 con el ruego de que lo leyeran y que, en septiembre, hicieran sus aportaciones.Notas de PujolPoco o casi nada se volvió a hablar del asunto en un año. Hace dos meses, Pujol repartió el documento, que tenía novedades. A diferencia de la ocasión anterior, el presidente de la Generalitat solicitó que las aportaciones al documento se hicieran llegar con rapidez y pidió a los consejeros que lo distribuyeran entre los secretarios generales de los departamentos para que abordaran conjuntamente aspectos que les corresponden y propusieran iniciativas.La génesis del documento se produce a partir de unas notas de Pujol. Aunque no tiene, aparte del presidente de la Generalítat otros padres, se sabe que han participado los consejeros Macià Alavedra (Economía), Joan Guitart (Educación), Joan Vallvé (Agricultura) y Josep Laporte (Sanidad), así como el secretario general de Convergència, Miquel Roca.

https://www.dolcacatalunya.com/2016/08/documento-prueba-jordi-pujol-diseno-pruses-1990/

https://drive.google.com/file/d/0B_GBidHkybxWSXBqY3FjT3V3c2M/view

https://elpais.com/diario/1990/10/28/espana/657068405_850215.html

martes, 3 de octubre de 2017

Rajoy debe dimitir

Copio aquí el texto de otra carta que acabo de enviar al director de El País.

Rajoy debe dimitir

Sr. Director:
Le envío esta carta pensando que lo que propone es algo que piensa la mayoría (al menos la mayoría de la gente de mi entorno) y que puede ser interesante para su publicación.
Tanto si decide publicarla como si no, reciba un cordial saludo:

Después de los sucesos del pasado domingo en Cataluña hay dos conclusiones que quedan, yo creo que meridianamente claras:
La primera es que el gobierno de Puigdemont debe dimitir y validar sus supuestos dos millones de votos a favor de la independencia con unas elecciones en condiciones democráticas.
La segunda es que Rajoy debe dimitir y convocar elecciones en España. La actuación de Rajoy ha sido entre inexistente y desastrosa y, sin querer quitar responsabilidad a la Generalitat, no se puede negar la culpa de Rajoy por habernos traído hasta donde estamos.
Primero dejó que el nacionalismo catalán ganara el discurso sin paliativos; al la exaltación nacionalista, sus manipulaciones de la historia y su victimismo, no hubo más respuesta española que la exaltada agresividad de la extrema derecha (recuerden a Évole diciéndole a Inda que su titulares eran una fábrica de independentistas).
Después perdió las elecciones en Cataluña; nadie le pedía que las ganara pero llevando como candidato a García Albiol (la persona que más rechazo genera en Cataluña) y no logrando establecer ni siquiera una alianza electoral con Ciudadanos, dejó el terreno libre para que los independentistas lograran el el Parlamento la mayoría absoluta.
En tercer lugar tampoco consiguió que el Parlamento catalán no consumara su golpe de estado del 6 de septiembre y, después, tampoco disolvió el Parlamento y convocó elecciones en Cataluña.
Nos dijo que no iba a haber referéndum en Cataluña y creímos que todo lo tendría preparado pero tampoco esto era verdad. Ante la evidencia de que había colegios, papeletas, urnas y multitudes de votantes, la respuesta fue la que hemos visto y que tanto nos avergüenza a todos los españoles (salvo, tal vez, a los fanáticos) y que ha deteriorado tanto nuestra imagen internacional hasta el punto de que, en vez de ser visto el separatismo como la voluntad de la parte más rica de España de poner una frontera para no tener que contribuir con sus impuestos a las partes más pobres, se ve al pueblo catalán como un pueblo oprimido.
"Deseo ver al pueblo catalán libre para que puedan perseguir sus sueños" me escribía el otro día un amigo uruguayo con el que estaba debatiendo; mi amigo bienintencionado no soñaba con una Europa (luego mundo) sin fronteras sino con una frontera que separe a Cataluña de la España de "beatos, de reyes sifilíticos y policías con tricornios dando porrazos" -esto escribió y esta es la imagen que hoy trasmitimos.
Vista esta cadena de fracasos y torpezas, sea cual sea el foro en el que se vaya a tratar de salir de la situación en la que nos encontramos, lo que está absolutamente claro es que Rajoy no puede ser nuestro interlocutor.

domingo, 1 de octubre de 2017

El procés como utopía

El procés como utopía

Se está oyendo mucho en estos días, casi se ha convertido en un lugar común, decir que la culpa de lo que está sucediendo en estos días en Cataluña la tiene la Generalitat y los partidos independentistas por su incumplimiento de la ley pero también Rajoy (es la famosa teoría del “choque de trenes”) por no haber querido, ni sabido, escuchar y dar una solución política al legítimo sentimiento catalán favorable masivamente al derecho a decidir. Según este punto de vista los sentimientos son libres, no delinquen y se han de respetar; Rajoy sería culpable de, con su inmovilismo y cerrazón, no haber sido capaz de dar una salida política a la realización de esos sentimientos expresados en las multitudinarias manifestaciones que se suceden año tras año en día de la Diada y en los partidos de fútbol del Barça etc...
Comencemos por el principio: los sentimientos son libres pero son manipulables y el sentimiento nacional es especialmente fácil de manipular y, en segundo lugar los sentimientos son respetables pero son juzgables; no todos los sentimientos son igualmente nobles y deseables.
Por supuesto que quien manipula sentimientos parte de un sentimiento base más o menos consciente y extendido al que dar forma y conciencia. Existe en Cataluña desde, al menos, la revolución Industrial la idea de que “nosotros somos trabajadores y los españoles vagos”; esta idea ha permeado de tal manera que ha llegado a ser comunmente aceptada en el conjunto de España y de ahí muchos de los chistes que tienen como protagonistas a los catalanes. Este concepto ha sido parcialmente corregido pero no anulado con las migraciones de los años del desarrollo; los españoles han dejado de ser vagos pero “nosotros somos los emprendedores; así se explica que en Cataluña se los haya visto trabajar mucho pero que en Andalucía tengan que vivir de las subvenciones: del paro y del PER”.
Se cumple, por tanto, la primera premisa de todo nacionalismo que se precie: “somos un pueblo superior”. Esto no significa que la convivencia en Cataluña tenga que haber sido mala ni que el racismo haya tenido que ser ni muy discriminatorio u opresivo, “nuestra tolerancia, nuestra manera de acoger a los foráneos no hace sino acrisolar nuestra superioridad” y, de este modo se ha ido conformando la autoconciencia nacional catalana que ahora sale a la luz cuando, pese a estar incumpliendo las leyes, salen a la calle gritando “somos gente de paz”. Pero esta paz, es lo que los teóricos de la paz (Johan Galtung o Adam Curle) llaman “paz negativa”, no es ni ha querido ser nunca una paz integradora y positiva.
La lógica impone la siguiente pregunta: “Si somos mejores ¿por qué nos encontramos en la situación en la que nos encontramos?”. Para que un sentimiento nacional más o menos difuso se convierta en una fuerza política no hay nada más fácil que alimentar el victimismo y esto es lo que ha hecho a conciencia y sin pudor la Generalitat en los últimos años: desde las campañas de protesta por los peajes en las autopistas al lema “España nos roba” pasando por el infame simposio “España contra Cataluña” y las oficinas en las plazas de las principales ciudades con los carteles de los gobernantes españoles con la lista de sus “ofensas” a Cataluña (como si la élite política catalana nunca hubiera participado en -y con frecuencia, determinado- la política nacional española) y culminando con la muy sobreactuada reacción a la sentencia del Tribunal Constitucional.
¿Por qué un partido que siempre había sido autonomista, que participó decisivamente en la elaboración de la Constitución y cuyos líderes consideraban el debate sobre la independencia “cosas del pasado” (Mas dixit) se ve de repente en la urgencia de lograr la independencia? Podemos especular, pero vamos a los hechos: dicen los portavoces del independentismo que han tenido que llegar a la desobediencia porque el inmovilismo de Rajoy no les dejaba otra salida. Es evidente que, desde el principio ellos siempre supieron que proponían la negociación sobre algo que no se podía negociar ¿Por qué no propusieron un frente común de todos los que creemos que la Constitución debe ser reformada? ¿Por qué no trataron de sacar en el Parlamento una mayoría dispuesta a realizar una revisión del modelo territorial y, después, se hubieran podido debatir todas las propuestas? Tratar de dar una respuesta de nuevo nos metería en el terreno de la especulación, pero es un hecho que hemos llegado al punto al que hemos llegado porque la Generalitat lo podía prever y lo ha buscado ¿para poder seguir alimentando su victimismo?.
¿Y qué pasaría si lograsen la secesión (y no descarto que la vayan a lograr, ya han ganado el discurso) y se libraran de la “opresión española”? Aquí se abre el terreno de la imaginación y en eso caben utopías muy diversas. Cuesta entender cómo están en el mismo movimiento, junto a un partido político reputadamente corrupto, personas como esas abuelitas con las caras ensangrentadas que desgraciadamente hemos tenido que ver hoy, con los jóvenes antisistema de la CUP y las masas de estudiantes que han estado toda la semana agitados. Aparte de los deseos y los motivos ocultos de la élite política tradicional, veo que confluyen dos horizontes de futuro y ninguno de los dos es muy democrático.
Por una parte tenemos a ese catalanismo tradicional, de misa de todos los domingos, de asociaciones de Padres y Madres de alumnos, (qué daño han hecho la iglesia y la escuela a la causa de la igualdad de todos en Cataluña... pero esta es una historia muy vieja), de asociaciones culturales y de juegos florales que sueña con una Cataluña en la que sus hijos/nietos no tengan que escuchar oír hablar en castellano en el patio del colegio; se trata de un nacionalismo etnicista que se siente europeo, que tolera a los inmigrantes pero que sueña con una nación nada incluyente y poco integradora, que siempre ha sabido quiénes son los charnegos y quiénes “somos nosotros”.
 La otra utopía no peca de nostalgia, es decididamente moderna y progresista, sueña con destruir el estado, con crear una república participativa, igualitaria, feminista y ecologista. El problema con este tipo de repúblicas participativas que desprecian a la mayoría es que fácilmente derivan en sistemas autoritarios; allí donde unos pocos saben bien lo que nos conviene a todos y resuelven liberarnos de la dictadura de la Unión Europea, de la unión con España, liberarnos de la dictadura de las multinacionales, de los hipermercados, rápidamente prohíben periódicos y encierran a quien opina que no se estaba tan mal bebiendo coca-cola y comiendo barato en tal o cual cadena de restaurantes franquiciados.
En todo caso, ambas utopías son incompatibles y, o mucho me equivoco, la clase política catalana que alienta ese etnicismo que les da la base de su ficción de legitimidad (“un pueblo tiene derecho a elegir su futuro”), y que disfruta del empuje que CUP les está proporcionando, no permitirá que se implante ninguna de las dos. No creo que los políticos catalanes, ahora mismo, estén pensando en quedarse fuera de Europa; una cosa es soñar con convertirse en Jefe de Estado, que Trump te reciba al pie de la escalerilla del avión y que tu estatua sustituya a la de Colón y otra cosa es volver a la peseta.